martes, 12 de mayo de 2020

DESARROLLO DE LA BATALLA NAPOLEÓNICA

La batalla napoleónica se iniciaba con un concentrado y violento fuego de artillería. A continuación, intervenía la infantería ligera, que al ser buenos tiradores hostigaban a las cerradas formaciones enemigas. Luego atacaba la caballería, acompañada de la artillería a caballo, que intentaba fijar a la infantería de línea en cuadros defensivos, ya que así perdía potencia de fuego y ofrecía mejor blanco a la artillería.
 


Al final se atacaba a la bayoneta por parte de la infantería de línea lo que rompía el frente. Marchaban con el arma al brazo a llegar muy cerca de los enemigos y en ese momento se cambiaba a paso de carga que consistía en llevar la bayoneta calada e ir llenado los huecos de las bajas con las unidades que marchaban detrás.
            Cuando había síntomas de debilidad en el despliegue enemigo entraban en juego los Granaderos o la caballería pesada, que no sólo destrozaban la formación enemiga sino que acometían con gran fuerza tratando de sembrar el pánico y la retirada en desbandada. 
 Por último la caballería disponible explotaba el éxito. En la retaguardia de este avance se colocaban los músicos que con la interpretación de marchas guerreras elevaban la moral de la tropa y marcaban el ritmo de avance a pesar del fuego enemigo y de las bajas que la artillería, sobre todo, iba produciendo.







sábado, 9 de mayo de 2020

LAS ARMAS DE LA INFANTERÍA DE LÍNEA EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA


Las tropas españolas de infantería iban armadas con un fusil de chispa que era el arma de la infantería por excelencia. Los fusiles y pistolas eran de “avancarga” es decir, se cargaban por la boca. Las balas eran esféricas, estaban fabricadas con plomo y su diámetro era de 18’ 3 mm, frente a los 17’4 mm del francés y los 19’3 mm del inglés.
           La cadencia de disparo era inferior a tres disparos por minuto según el adiestramiento de la tropa. La precisión no era muy grande, era difícil hacer blanco a más de 70 metros y esto obligaba a atacar en formaciones cerradas para concentrar las descargas mediante el fuego conjunto realizado hombro con hombro. El reglamento de 1808, para optimizar la puntería, ordenaba que a 100 metros se apuntara a la rodilla, a 200 al pecho, y a 300 a la cabeza, la precisión era tan escasa que la mayoría de los soldados disparaban a bulto contra la línea enemiga. Estos fusiles de avancarga tenían un manejo muy complicado. En el ejército español la compleja operación de cargar el arma era un conjunto de 11 movimientos, con sus correspondientes voces de mando que por supuesto no aseguraba el éxito final, pues los fallos a la hora del disparo eran frecuentes y la eficacia dependía mucho más de la frecuencia que de la insuficiente precisión de los disparos.
                Las condiciones atmosféricas afectaban al funcionamiento de estas armas, en especial la lluvia que mojaba la pólvora. Otras veces era el pedernal, cuya piedra para fusil tenía una vida útil de 20 a 30 disparos. Sin duda, la instrucción del soldado para el manejo del arma resultaba tan ardua como decisiva, a fin de lograr la mayor eficacia. La diferencia entre los distintos combatientes, fue enorme. Un soldado español recibía para su instrucción por año, 40 onzas- unos 1550 gramos- de pólvora, diez balas de plomo y cuatro piedras de chispa. Si era recluta recibía 12 onzas – 345 gramos- de pólvora, seis balas y dos piedras.
          Estos recursos permitían disparar a un soldado diez disparos con bala y a un recluta seis y 70 disparos de fogueo para el primero y 24 al recluta. Así, era un éxito que en el combate, donde cada hombre llevaba una dotación de 50 balas con sus correspondientes cartuchos, pudiera efectuar cuatro disparos cada tres minutos. Por el contrario el ejército británico era el más instruido en el manejo del arma y sus soldados podían alcanzar una cadencia de tiro de 3 ó 4 disparos por minuto, su porcentaje de blancos también era sensiblemente superior respecto a españoles y portugueses.
 

domingo, 3 de mayo de 2020

ALGODONALES 2020 EN EL CORAZÓN. MÁLAGA RECREADORA

3 DE MAYO. LOS FUSILAMIENTOS DE LA MONTAÑA DEL PRÍNCIPE PÍO


3 de Mayo de 1808: La represión por el levantamiento se salda con el fusilamiento de todos los detenidos y de aquellos que portaran armas. Los fusilamientos de la montaña del Príncipe Pío o Los fusilamientos del tres de mayo, nombre por el que es habitualmente conocido, es un cuadro del pintor español Francisco de Goya . El cuadro, de unos 2,68 x 3,47 metros, se realizó en 1814 y se encuentra en el Museo del Prado, en Madrid. Forma una serie con el cuadro el Dos de Mayo. La leyenda que cuenta que Goya, con 62 años, tras haber seguido de lejos los acontecimientos, se habría acercado más tarde con una linterna al lugar de los fusilamientos y habría tomado notas en su cuaderno no parece ser cierta. Goya todavía no vivía en las cercanías de Príncipe Pío en 1808 y el cuadro se realizó seis años más tarde, así que no fue una reacción espontánea al horror.
Los acontecimientos en la colina de Príncipe Pío están representados con grandes contrastes, que también reflejan la desigualdad de fuerzas en la situación real: a un lado los ocho soldados de infantería, que se ven desde el lado y representan con su fusil, el uniforme y el sombrero un muro; al otro las víctimas, un grupo variado y desesperado que espera indefenso ser fusilados.
Del grupo de los revolucionarios destaca uno con la camisa blanca. La asociación con Cristo en la cruz es intencionada: las manos presentan estigmas. Aquí se asesina a mártires. El tema también es tratado en las gráficas de la serie Desastres de la Guerra.
Las víctimas forman tres grupos: los que están a la espera de ser fusilados y que ven con horror su futuro, los que están siendo fusilados y los muertos. Los grupos se ven de derecha a izquierda, lo que introduce un elemento de transcurso del tiempo en la composición.
En el cuadro, Goya no olvida a la iglesia. En la primera fila de las víctimas, arrodillado, aparece un fraile tonsurado. La religión tuvo un importante papel en la contienda, llamando a la resistencia desde los altares y proveyendo a los resistentes de curas dispuestos a empuñar las armas. La iglesia se opuso ferozmente a Napoleón, no tanto en defensa de la libertad sino porque éste había cerrado dos tercios de los conventos y había suprimido la inquisición.