viernes, 7 de mayo de 2021

ORDEN DEL GENERAL MURAT PUBLICADA EN LA GACETA EL 6 DE MAYO DE 1808

 

El general Murat publica en la Gaceta de Madrid una orden que dice: “Mal aconsejado, el populacho de Madrid se ha levantado y ha cometido asesinatos” sin que la Junta de Gobierno se oponga.

Orden del día:

Soldados: mal aconsejado el populacho de Madrid, se ha levantado y ha cometido asesinatos. Bien sé que los españoles que merecen el nombre de tales han lamentado tamaños desórdenes, y estoy muy distante de confundir con ellos a unos miserables que sólo respiran robos y delitos. Pero la sangre francesa vertida clama venganza.
 

Art. 1. Esta noche convocará el General Grouchy la comisión militar.

Art. 2. Serán arcabuceados todos cuantos durante la rebelión han sido presos con armas.

Art. 3. La Junta de Gobierno va a mandar desarmar a los vecinos de Madrid. Todos los moradores de a corte, que pasado el tiempo prescrito para la ejecución de esta resolución anden con armas, o las conserven en su casa sin licencia especial, serán arcabuceados.

Art. 4. Todo corrillo que pase de ocho personas, se reputará reunión de sediciosos y se disipará a fusilazos.

Art. 5. Toda villa o aldea donde sea asesinado un francés será incendiada.

Art. 6. Los amos responderán de sus criados, los empresarios de fábricas de sus oficiales, los padres de sus hijos y los prelados de conventos de sus religiosos.

Art. 7. Los autores de libelos impresos o manuscritos que provoquen a la sedición, los que los distribuyeren o vendieren, se reputarán agentes de la Inglaterra, y como tales serán pasados por las armas.

Dado en nuestro cuartel general de Madrid, a 2 de mayo de 1808.

Joaquín. Por mandato de S.A.I. y R., el Jefe de Estado Mayor General: Belliard”.

Gaceta de Madrid, 6 de mayo de 1808

 

martes, 4 de mayo de 2021

5 DE MAYO 2021: II CENTENARIO DE LA MUERTE DE NAPOLEÓN EN LA ISLA DE SANTA ELENA

 El 26 de febrero de 1815 Napoleón abandonó la isla de Elba donde estaba recluido desde el 4 de mayo de 1814  y su barco puso rumbo a la costa francesa. El 20 de marzo ya pasó la noche en las Tullerias tras ser recibido por una muchedumbre. Empezaba así lo que se ha llamado el gobierno de los Cien Días. Napoleón nombró ministros y otorgó una constitución de signo liberal. Sabiendo que los aliados no tardarían en reaccionar, reunió un enorme ejército. Pero sus adversarios disponían de muchos más. Waterloo, la batalla decisiva,  se libró el 18 de junio de 1815 en una llanura de la actual Bélgica. Tras su nueva y definitiva derrota Napoleón se replegó hacia París. Después se dirigió a Rochefort y a la isla de Aix, en la costa atlántica, donde pudo haber embarcado rumbo a América. Sin embargo, prefirió entregarse a los ingleses. 

El gobierno Británico decidió que el corso sería desterrado a una isla, pero esta vez muy lejos de Europa. Una isla del hemisferio sur, Santa Helena. El 17 de octubre de 1815. Desembarcaba en la isla a bordo del Norhumberland, un navío de guerra de la Royal Navy, muy bien custodiado por una flota y 2.500 soldados.  A su confinamiento le acompañaron algunos de sus hombres más leales. Uno de ellos, el conde Las Cases, su secretario, escribió el Memorial de Santa Helena, publicado en Londres el 1823 en 8 volúmenes. Para todos sus acompañantes, Napoleón seguía siendo su emperador, cosa que naturalmente irritaba a los ingleses. Estos no lo trataron con guantes de seda precisamente. Para empezar, le llamaban general Bonaparte, lo cual hería su megalomanía. Al llegar a Santa Helena, Napoleón y sus acompañantes fueron alojados en unas barracas de madera levantadas para guardar ganado. Napoleón, que había vivido en muchos palacios, ahora se alojaba en una choza.   
 
El destierro de Napoleón en Santa Helena duró seis años. Cansados de él, algunos de sus hombres le abandonaron y volvieron a Francia. Las Cases, su secretario, dejó la isla en 1816. El  Emperador falleció el sábado 5 de mayo de 1821 a las 5:49 de la tarde, a la edad de 55 años. Los granaderos Ingleses que portaron a hombros el féretro lo hicieron bajo las banderas de los regimientos 66º y 20º, que llevaban grabados en oro los nombres de Talavera, Albuera, Vitoria y Pirineos. Dos días antes de su muerte recibiría la extremaunción de manos del Abate Vignali, y que, en su testamento del 15 de abril de 1821, declararía que “muero en la Fe Romana y Apostólica, en cuyo seno nací hace más de cincuenta años” añadía que “sus cenizas reposen en  las orillas del Sena, en medio de la nación francesa a la que tanto he amado”. Oficialmente murió a causa de un cáncer de estómago. La tesis de un posible envenenamiento con arsénico ha sido muy controvertida. El cadáver del emperador recibió sepultura en un valle próximo a Longwood. La tumba quedó en blanco porque el gobernador inglés, Sir Hudson Lowe, se negó a grabar el título imperial y los generales franceses que lo acompañaron hasta el final, Bertrand y Montholon, no aceptaron que simplemente pusiese el nombre de “Napoleón Bonaparte”.  
 

La repatriación de los restos de Napoleón tuvo lugar en el año 1840, durante el reinado de Luis Felipe. Para que los restos del emperador volvieran a Francia era necesario el permiso de los británicos y el del monarca francés. Con Luis Felipe no hubo problemas. El gobierno británico fue más reacio a la repatriación, pero al final accedió a ella a cambio de conservar su influencia en la llamada “Cuestión de Oriente.” La fosa se abrió en presencia de británicos y franceses. El monarca francés había enviado a Santa Helena a su hijo para proceder a la exhumación. El cadáver aún era reconocible. Fue transportado a Francia y llevado a los Inválidos.

Todavía descansan allí y sus restos están protegidos por seis ataúdes. A su lado yace su hijo Napoleón François Joseph Charles Bonaparte, que pasó a la historia con el título que recibió al nacer Rey de Roma, conocido después de fallecido con el sobrenombre de  L’Aiglon- el Aguilucho-. El majestuoso sarcófago de pórfido rojo de los Inválidos fue diseñado por Luis Visconti, pero no fue inaugurado hasta 1861 cuando ya en Francia gobernaba Napoleón III que estuvo casado con la noble española Eugenia de Montijo, condesa de Teba. Todo estaba acabado. Napoleón dormía a orillas del Sena, en medio de ese pueblo francés que tanto había amado. Veinticinco años solamente habían pasado desde 1815, desde Waterloo. La Leyenda había vencido a la Historia. Napoleón no se había equivocado. En los días más negros de Santa Elena, había dicho:

- Oiréis otra vez a París gritar «¡Viva el Emperador!»

 
 

 

lunes, 3 de mayo de 2021

LOS FUSILAMIENTOS DE LA MONTAÑA DEL PRÍNCIPE PÍO

 

La represión por el levantamiento se salda con el fusilamiento de todos los detenidos y de aquellos que portaran armas. Los fusilamientos de la montaña del Príncipe Pío o Los fusilamientos del tres de mayo, nombre por el que es habitualmente conocido, es un cuadro del pintor español Francisco de Goya . El cuadro, de unos 2,68 x 3,47 metros, se realizó en 1814 y se encuentra en el Museo del Prado, en Madrid. Forma una serie con el cuadro el Dos de Mayo. La leyenda que cuenta que Goya, con 62 años, tras haber seguido de lejos los acontecimientos, se habría acercado más tarde con una linterna al lugar de los fusilamientos y habría tomado notas en su cuaderno no parece ser cierta. Goya todavía no vivía en las cercanías de Príncipe Pío en 1808 y el cuadro se realizó seis años más tarde, así que no fue una reacción espontánea al horror.

Los acontecimientos en la colina de Príncipe Pío están representados con grandes contrastes, que también reflejan la desigualdad de fuerzas en la situación real: a un lado los ocho soldados de infantería, que se ven desde el lado y representan con su fusil, el uniforme y el sombrero un muro; al otro las víctimas, un grupo variado y desesperado que espera indefenso ser fusilados.

Del grupo de los revolucionarios destaca uno con la camisa blanca. La asociación con Cristo en la cruz es intencionada: las manos presentan estigmas. Aquí se asesina a mártires. El tema también es tratado en las gráficas de la serie Desastres de la Guerra.

Las víctimas forman tres grupos: los que están a la espera de ser fusilados y que ven con horror su futuro, los que están siendo fusilados y los muertos. Los grupos se ven de derecha a izquierda, lo que introduce un elemento de transcurso del tiempo en la composición.

En el cuadro, Goya no olvida a la iglesia. En la primera fila de las víctimas, arrodillado, aparece un fraile tonsurado. La religión tuvo un importante papel en la contienda, llamando a la resistencia desde los altares y proveyendo a los resistentes de curas dispuestos a empuñar las armas. La iglesia se opuso ferozmente a Napoleón, no tanto en defensa de la libertad sino porque éste había cerrado dos tercios de los conventos y había suprimido la inquisición.

 El grupo de madrileños es totalmente heterogéneo, hombres toscos, vulgares, harapientos, un fraile..., probablemente algunos de ellos ni siquiera habrían participando en el levantamiento, eran simples espectadores, o pasaban por allí y ahora se encuentran enfrentados a un pelotón de ejecución. Lo que plasma Goya es la reacción individualizada ante la muerte inmediata; el cadáver de primer término, de bruces en un charco de sangre, deja claro su destino. El fraile, arrodillado, aprieta las manos en actitud suplicante; justo encima de éste, un rostro con los ojos totalmente abiertos mira hacia arriba; detrás, otro con los puños cerrados se tapa las orejas, como si no quisiese oír la descarga; otro, al fondo, se tapa la cara no queriendo ver a los verdugos. La víctima central, destacado por su camisa blanca, levanta los brazos con una actitud desafiante ofreciendo el pecho a los soldados, pero su valentía ya no sirve para nada, está ya muerto y lo sabe; sus rodillas se riegan con la sangre de los que anteriormente han sido fusilados y sus cuerpos yacen en desorden.
Es un cuadro que rompe con el neoclasicismo de la época. Nos muestra la Historia como una carnicería, la naturaleza como el marco en el que se produce el horror, la ciudad duerme ajena a la matanza, no hay lugar para la belleza, para el academicismo. No es propiamente una obra que perpetúe la insurrección nacional contra los franceses. Es más el retrato del antihéroe, no del guerrero sino de las victimas de la guerra, es un testimonio antibelicista, por eso ha pasado a la Historia del Arte como algo más que un cuadro de Historia.