Las tropas españolas de infantería iban armadas con un
fusil de chispa que era el arma de la infantería por excelencia. Los fusiles y
pistolas eran de “avancarga” es decir, se cargaban por la boca. Las balas eran
esféricas, estaban fabricadas con plomo y su diámetro era de 18’ 3 mm, frente a los 17’4 mm del
francés y los 19’3 mm del inglés.
La cadencia de
disparo era inferior a tres disparos por minuto según el adiestramiento de la
tropa. La precisión no era muy grande, era difícil hacer blanco a más de 70 metros y esto obligaba
a atacar en formaciones cerradas para concentrar las descargas mediante el
fuego conjunto realizado hombro con hombro. El reglamento de 1808, para
optimizar la puntería, ordenaba que a 100 metros se apuntara a
la rodilla, a 200 al pecho, y a 300
a la cabeza, la precisión era tan escasa que la mayoría
de los soldados disparaban a bulto contra la línea enemiga. Estos fusiles
de avancarga tenían un manejo muy complicado. En el ejército español la
compleja operación de cargar el arma era un conjunto de 11 movimientos, con sus
correspondientes voces de mando que por supuesto no aseguraba el éxito final,
pues los fallos a la hora del disparo eran frecuentes y la eficacia dependía
mucho más de la frecuencia que de la insuficiente precisión de los disparos.


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