martes, 4 de octubre de 2022

6 DE OCTUBRE DE 1862: VISITA DE LA REINA ISABEL II A LA CIUDAD DE BAILÉN

 

La historia de los pueblos guarda el paso de los Reyes por sus tierras como si de reliquias sagradas se tratase. Y así sucede con Bailén, ciudad que siempre dio muestras de leal adhesión a los monarcas que ciñeron la corona de España  y que se muestra orgullosa de haber recibido la visita de la reina Isabel II de Borbón y su esposo Francisco de Asís.

 Este año se cumple el 160 aniversario de la histórica visita de su Majestad a Bailén,  cuando la Reina de España recorría las tierras de Andalucía y Murcia para conocer de cerca sus necesidades y, a la vez, apreciar el rico patrimonio natural y artístico que guardan dichos territorios.

La comitiva real estaba formada por la reina Isabel II y  el rey consorte, por el príncipe de Asturias, futuro Rey alfonso XII,  y la infanta. Acompañaban al cortejo un nutrido grupo de nobles, ayudantes y demás miembros del servicio de la Casa Real. A la cabeza de dicho séquito iban el Presidente del Consejo de Ministros y el Duque de Tetuán, los ministros de Fomento y de Estado –el Marqués de la Vega de Armijo y Saturnino Calderón Collantes, respectivamente-, el Duque de Bailén –mayordomo de su Alteza Real- y el confesor de su Majestad, el Arzobispo Claret quien, pasado el tiempo, sería San Antonio María Claret. 

El 14 de septiembre el Gobernador Civil de la provincia de Jaén, Antonio Hurtado, recibía a la Reina y a sus acompañantes en Bailén camino de Andújar. La carretera estaba adornada para la ocasión con numerosas banderas y gallardetes. También se montaron 30 tiendas de campaña con los escudos de los pueblos de la provincia y que estaban destinadas a acoger a la reina y a su comitiva. Isabel II había dejado atrás el campo de las Navas de Tolosa donde tuvo lugar uno de los hechos de armas más gloriosos de la historia de España y pisaba ahora el histórico campo de Bailén donde en 1808 rindieron sus armas los soldados de Napoleón, el emperador francés.

El Gobernador  presentó a su majestad en una magnífica bandeja una llave de oro, adornada con un centenar de piedras preciosas en donde se leía: Llave de Andalucía, Despeñaperros, Jaén, Córdoba, Sevilla, Cádiz, Granada, Huelva, Málaga y Almería. La provincia de Jaén a su Majestad la Reina Isabel II Septiembre de 1862.

Las calles de Bailén estaban artísticamente engalanadas para la ocasión, aunque la estancia de la reina fue meramente transitoria. En el campo de batalla, banderas y arcos triunfales señalaban las fases memorables de la epopeya de 1808. Se había erigido un monumento que sustentaba la estatua de la España Victoriosa y en donde se leían versos a Bailén, 19 de julio de 1808, Castaños, Reding y Coupigny.

Fuera de la población, en el sitio de la batalla, otro monumento ostentaba la siguiente inscripción:

Castaños; si la patria dolorida

en sus cimientos retembló al perderte,

al deplorar la muerte de tu vida

animaba la vida de tu muerte.

Los siglos pasarán; generaciones

hundirán en su seno; más la historia

siempre dará tu nombre a las naciones.

Nunca, Bailén, perecerá tu gloria.

Al romper nuestros bravos la cadena

con que el genio de Europa a España humilla.

El lauro ofrecen de Marengo y Jena

para escabel del trono de Castilla

los hijos de Bailén con noble aliento

sin  oponer a su entusiasmo vallas,

ofrecen agua al español sediento

arrastrando el horror de la batalla

Pero el más elocuente y expresivo de todos ellos había sido formado, con la ejecución de la más sencilla de las ideas. Filas de banderines marcaban las últimas posiciones de los combatientes de 1808; con colores españoles las de los vencedores; con lienzo azul y blanco las de los que allí capitularon. También se repartieron durante la travesía algunas hojas impresas con composiciones poéticas, una de ellas contenía el soneto dirigido a la reina y firmado por don Francisco Rentero. A las pocas horas de su llegada salían camino de Andújar, continuando viaje  hacia Córdoba y Sevilla.

El 6 de octubre de 1862 entraron de nuevo a Bailén los Reyes. El viaje hasta nuestra ciudad había sido triunfal, el camino estaba poblado de gentes y los pueblos los recibían con el mismo entusiasmo que cuando bajaran para Sevilla. El pueblo siempre fue fiel y se entregaba de corazón. A las diez y media de la noche, la silla real llegaba al sitio donde se alzaba un monumento como recuerdo de la célebre batalla de Bailén. En aquel punto, según la tradición, fue donde se rindieron las tropas francesas en la inolvidable jornada del 19 de julio de 1808. Se alzaban todavía los banderines de distintos colores que ya había encontrado puestos cuando bajaban de Madrid a Córdoba, iluminados ahora con farolillos que, en medio de las sombras de la noche, marcaban las respectivas posiciones de vencidos y vencedores.

En la Limpia y Pura los esperaba todo el vecindario, Ayuntamiento y representaciones de pueblos vecinos. Presidiendo la comisión del Ayuntamiento, se encontraba el diputado a Cortes don Fernando Cuadros y la comisión Municipal estaba integrada por los Regidores Tomás Alonso, Bartolomé García Ronquillo, Manuel y  Miguel Reche, Luis Quevedo, Juan de Cárdenas, Bartolomé Recena, Salvador Rusillo, Bartolomé Muñoz y el escribano del Corregimiento, Esteban de Espinosa y Torres. El entonces alcalde presidente, Cristóbal Márquez, pidió licencia al Concejo y dejó la vara al primer regidor, Pedro Guerrero el cual, según cuentan las crónicas quedó a pan pedir, pues para agasajar debidamente a los visitantes, invirtió su propio caudal y patrimonio.

La comisión del Ayuntamiento le dirigió estas emotivas frases:

Señora; Bailén saluda a V.M. al pie del monumento de su gloria. En estos memorables campos se conquistó la verdadera independencia nacional, y se recobró la corona que hoy ciñe las sienes de vuestra Majestad que sólo la perfidia y la traición pudieron arrancar de la augusta frente de vuestro padre.

La Reina contestó conmovida: Ya lo sé, ya lo sé y no podré olvidarlo jamás. Oídas estas palabras el entusiasmo llegó a su colmo. Los vivas se repetían, el carruaje apenas podía moverse y los caballos de escolta se abrían paso con dificultad. Bajaron por la calle El Santo, iluminada con farolillos de colores y donde los esperaban los ancianos Tomás Navarro, José de Aguilar y Pedro Padilla, supervivientes de la batalla y a los que los reyes obsequiaron con monedas de oro. Ya sin detenerse, siguió el carruaje hacia el palacio de los Duques de Osuna, donde se hospedaron.

La plaza de Castaños estaba profusamente adornada. Tenía una verja de arcos chinescos que la circundaba, formados de gasas de colores, adornada con banderolas y faroles a la veneciana, daba entrada por cuatro calles distintas, marcadas con iguales arcos. Alrededor de la fuente que le sirve de pedestal, 16 columnas sostenían otras tantas estatuas y elegantes jarrones con flores e hierbas aromáticas. El casino había construido cuatro arcos de flores artificiales, sosteniendo en su centro una corona de rosas, por debajo de la cual pasó la regia comitiva para dirigirse al palacio.

La plaza de la Constitución estaba muy adornada e iluminada. Formaba el enverjado de la plaza una serie de trofeos militares, cada uno de los cuales ostentaba un tarjetón rodeado de coronas de laurel y en los que podían leerse los nombres de algunas de las ciudades que se hicieron célebres en la guerra de la Independencia.

La comitiva llegó al palacio de los Duques de Osuna, donde se les había preparado habitación. La parte que en su día ocuparan las dependencias municipales y que hoy ocupa el colegio de Educación Infantil “El Castillo” fue la destinada para gabinete y dormitorio de su Majestad y había sido tapizada de raso carmesí.

Después de haber descansado, los reyes recibieron a las autoridades y personas notables, mostrándose muy complacidos y después de presenciar desde un balcón la quema de un castillo de fuegos artificiales, pasaron al comedor donde se sirvió una espléndida cena con numerosos invitados. El Duque de Osuna hizo los honores según las crónicas “con la finura que le distingue” y al terminar el ágape le dijo la reina: Me has dado un convite verdaderamente regio. No olvidemos que el Duque de Osuna era uno de los grandes terratenientes de Bailén y propietario del palacio.

Al día siguiente, 7 de octubre, a las once de la mañana los reyes recibieron a una comisión del Ayuntamiento, a la que se unieron el diputado a Cortes don Fernando Cuadros y el diputado provincial don Francisco Rentero. Dicha Comisión le presentó dentro de suntuoso  estuche de palo de santo, forrado de terciopelo y sobre una bandeja de plata y filigrana, un cantarito de plata dorado a fuego, que sujetaba entre hojas de laurel una bala de metralla. Al entregársela, don Francisco Rentero dijo: Señora, otros pueblos han hecho a V.M. obsequios de gran valor. Bailén sólo es rico en gloriosos recuerdos y en cariño y lealtad hacia sus Reyes. Por eso hoy sólo puede ofrecer a V.M este tosco pedazo de hierro, que es al mismo tiempo un pedazo de su gloria. Dígnese V.M. admitirlo y si V.M. me lo permite le haré breve reseña del recuerdo histórico que encierra.

A continuación hizo historia muy detallada del glorioso hecho realizado por María Luisa Bellido, dando de beber a las tropas en medio de una lluvia de fuego. La bala que le entregaron, fue una que, partiendo de un fusil francés, rompió el cántaro que llevaba. Esa bala había sido conservada durante muchos años por la sobrina de la heroína, María Josefa Malpesa, hasta que fue regalada a la reina, recibiendo a cambio una pensión de por vida.

La reina se mostró conmovida y agradeció aquel modesto regalo de un pueblo que vive de sus recuerdos, y cuyo nombre ocupa un alto puesto en las páginas de la historia. Concluida la ceremonia, la reina fue a misa llevada del brazo por el alcalde en funciones don Pedro Guerrero, y el espíritu popular mordaz y jocoso, decía que “a Periquito, el llevar a la reina del bracete, le había costado muy buenas brazuelas de tierra”.

Al terminar la misa, oró la reina ante la Virgen de Zocueca, a la que le ofreció un magnífico manto. La patrona de Bailén lucía en su pecho la banda de San Fernando, que le había sido regalada por el general Castaños en agradecimiento por la victoria de su ejército y con voz conmovida le dirigió una dulce plegaria de la que se oyeron estas consoladoras palabras: Madre mía, iluminadme para gobernar con acierto a nuestros hijos los españoles.

Después de la iglesia, la familia real se dirigió a visitar el campo de batalla y el monumento que en él se había instalado. Los reyes examinaron el monumento y por una indicación del señor Rentero se ofrecieron a figurar a la cabeza de la suscripción que se abriera para fabricarlo de piedra y mármoles. En aquel acto siete ancianos de los que en el día de la gloriosa jornada ayudaron a nuestro ejército, tuvieron la suerte de recibir las felicitaciones de la reina por su patriótica conducta. Acto seguido, se celebró un almuerzo, asistiendo a él autoridades y gran número de invitados. Por último, después de dar un paseo por la ciudad partieron para Jaén, siendo despedidos por miles de personas y por una composición literaria del señor Rentero que decía:

Pobre cantor de mi laúd, señora,

el tímido concento

es el eco de un pueblo que te adora

es la fiel expresión del sentimiento.

Por eso, cuando vienes, mi saludo

te bendice y te admira,

pero te vas, y mi pesar agudo

rompe las cuerdas de mi triste lira.

Matías de Haro, cronista oficial de Bailén, indica de manera oficiosa que la reina Isabel II, hizo una donación de 41.000 reales, para dedicar 28.000 a los pobres de Bailén, 6.000 a la Virgen de Zocueca y 7.000 a siete vecinos que eran supervivientes de la batalla del 19 de julio de 1808. También legó un reloj hermosísimo, para un sorteo entre el pueblo de Bailén, y cuyos ingresos se dedicarían a paliar las necesidades más urgentes que tuvieran los pobres de la ciudad. Y así termina la visita de Isabel II, la reina de los “tristes destinos”, a la ciudad de Bailén, según las crónicas de la época de don Fernando Cos-Gayón y don Francisco María Tubino.